martes, 22 de abril de 2014

Civitas

Lo encontré sentado donde siempre, con la mirada fija en el mapamundi que se desplegaba frente a sus ojos. El otrora emperador Cuervo contemplaba una roñosa pieza de cuero que compró en su juventud en un mercado perdido y que aún conservaba.
Probablemente era inexacto, de hecho estoy seguro que así era. Sin embargo, ese mundo era suyo. Un mundo derruido, iluminado por las antorchas de aquella estancia de piedra.

El anciano no oyó cuando me acerqué. Me ubiqué a su lado izquierdo y le dije:

-La capital ha caído, Su Excelencia. Todo está reducido a escombros humeantes. Los cadáveres pueblan, a su manera, los caminos y los barcos hundidos tapan la salida del río Argyros al mar. El joven emperador yace en alguno de los torreones de los muros que los bárbaros lograron salvar. Nadie vio venir la gigantesca horda a caballo tras los primeros abatidos por las flechas imperiales. El ejército de Elio está cruzando el estrecho de Florina, pero los bárbaros se le adelantaron.

Me miró, sin verme.

-¡Cleonice!. Cornelio, ¿dónde está mi hija?
-No lo sé, señor. Sólo un centenar de habitantes ha sobrevivido. Puede que haya escapado por el alcantarillado, como en el asalto de Titanópolis, como puede que no lo haya logrado. Lo siento muchísimo.
-Cornelio, un hombre no debería sobrevivir a sus hijos.

El joven Crísipo entró en la estancia, trayendo un vaso de vino con adormidera para el anciano, como si hubiera leído mis pensamientos. El viejo lo bebió despacio, sosteniéndolo temblorosamente.

Miré al anciano. Se levantó y caminó hacia el mapa. Sabía lo que estaba pensando.

Recordaba la primera caída de la capital. Con su dedo índice trazó la ruta que siguió Filipo el Traicionero desde Milos hasta Decia, la capital del imperio más floreciente de Heprión. Su dedo se posó en Taurina, donde Paulo y Antonino se unieron al ejército que destruiría la capital. Noté el temblor de su mano cuando recordó el éxodo. Sabiéndose superado, el emperador prefirió abandonar la ciudad que a sus habitantes. Días antes de la llegada de los invasores, el último de los barcos cargados con ciudadanos salió del puerto imperial.

Me miró por sobre el hombro. Vi sus ojos vidriosos. Los volvió a posar en el trozo de cuero. Señaló la ciudadela de Alexia, donde ambos nacimos y donde nos encontrábamos en este momento. Luego caminó un par de pasos, hacia el océano y tocó la isla de Cemos, donde el rey heleno Lisímaco recibió a los refugiados. Lisímaco era tío del emperador y acogió en un gran campamento a los humildes decios haciendo gala de una gran generosidad que siempre se le reconoció. Yo sabía que esta parte de la historia enorgullecía al soberano, ya que fue el comienzo de la reconquista. Y en esa parte, el anciano dejó de temblar.

Se dirigió a la mesa donde dejara la copa y lanzó lo que quedaba sobre el mapa. La mancha roja cubría Hibris, la isla originaria de los bárbaros. Enderezándose, me sobrepasó en altura y me miró de arriba a abajo. Y entendí el significado de su mirada.

El anciano volvía a ser emperador. El ejército sería reagrupado. La capital sería reconstruida y los bárbaros, borrados del mapa.

De todos los mapas.










lunes, 19 de agosto de 2013

Rache

La espesa nube de humo era, hace un par de días, visible desde varios pueblos a la redonda. Hoy, el fuego sólo se reaviva de vez en cuando en las mazmorras del antiguo castillo que corona el monte.

Maderas astilladas y oscurecidas por la sangre y el hollín marcan un sendero desde el portón hasta el patio de Armas. Allí, rodeado por los cuerpos de sus mejores hombres, Herr Eisen contempla las ruinas. Aprieta su pierna herida y suelta una maldición por lo bajo, a pesar de que no hay nadie que lo oiga. Maldice y recuerda.

La noche anterior, un enviado de su enemigo, haciéndose pasar por un criado, abrió el portón, dejando libre el paso a la venganza de su señor. Un grupo de soldados diezmó a la guardia de Eisen y lo obligó a retirarse al patio central junto a los sobrevivientes. 

Sigue parado en medio del patio. Una brasa reavivada lo hace mirar en la dirección donde yace su capitán.
Un anciano cegado por su enemigo, y el único criado sobreviviente, le trae lo que le ordenó. Eisen lo ayuda en silencio.

Abatido a golpes, lo último que recuerda es ver a su hija siendo subida al caballo de su rival. Luego todo fue oscuridad y fuego.

Eisen sigue de pie. Han pasado días, su criado lo alimenta a duras penas, luego de recoger las armaduras de los caídos. Los ojos le llamean con furiosa calma. El crepitar del fuego y el sonido seco del martillo, lo acunan en su sueño vigilante.

Al sexto día, el anciano vuelve del pueblo con el paradero del captor de su hija y llama a su señor.

Eisen lleva en su mano desnuda la espada al rojo que forjó en la fragua improvisada en el patio, con los fuegos inextinguibles de su castillo. Ya no cojea. Piensa en que, una vez que suelte la espada, la palabra rache, cicatrizada, pasará del mango a su mano.

El anciano, traidor traicionado, es redimido por sus servicios y cae de rodillas, agradecido al sentir alejarse el peligro de la hoja.

Sabe que es el único, en varios pueblos a la redonda, que no verá a Rache sin sentirla luego en las entrañas.






martes, 23 de abril de 2013

Leyenda

Casi no los vio en su ascenso. Cinco imponentes torreones se erguían al final del valle, recortados sobre el cielo nocturno.

El monje se bajó de su montura y caminó hacia el centro de la fortaleza guiado por un trance que había durado toda su vida. Bañado por la luz de la luna, recobró el juicio y gritó. Como si hubiera notado su presencia, el suelo tembló. Aterrado, el monje gritó una última vez mientras los dedos de roca se cernían sobre él, como el implacable puño divino que ahoga la rebeldía.

lunes, 29 de octubre de 2012

Advertencia

La persecución por el bosque llevaba varias horas, y no parecía que fuera a detenerse con el ocaso.
Ambos jinetes, muy cerca uno del otro, golpeaban los ijares de sus monturas conforme el ciervo albo se iba alejando cada vez más rápido. Las ramas bajas de los antiguos árboles golpeaban las mejillas de los hombres, llenándolas de pequeñas líneas rojas.
A lo lejos, el incansable ciervo se perdía entremedio del follaje y la oscuridad que iba cayendo sobre ellos, girando de vez en cuando la cabeza hacia sus perseguidores, con desafiante inocencia.
En la carrera, pasaron por fuera de una pequeña cabaña. Un hombre ya mayor, parado en la mitad del camino, corrió al verlos acercarse e intentó llegar hasta ellos gritando algo sobre la niebla. El jinete más cercano le ordenó callarse y siguió su carrera. El segundo pasó por encima del anciano, entre sus alaridos de dolor. El primero miró hacia atrás pero no vio señales del hombre.
El terreno ascendía suavemente mientras la noche hacía el camino contrario. Sólo la luna le indicaba a los perseguidores el paradero de su presa y esto no hacía mas que enfurecerlos.
Luego la niebla lo envolvió todo. Los caballos frenaron en seco, y ambos jinetes fueron a dar al suelo, malheridos.
Frente a ellos, el ciervo blanco los miraba. Los hombres intentaron ponerse de pie, pero la niebla no los dejó. Quisieron hablar pero la niebla aprisionó sus cuellos. Donde estuviera el ciervo, una joven de piel y cabellos completamente blancos los miraba curiosa mientras entraba en la niebla. El terror de los hombres dio paso a la lujuria. Trataron de estirar sus manos hacia la desnuda figura, luchando contra la parálisis, pero fue en vano.
La niebla fue piadosa, y los dejó exhalar un último grito de horror antes de dejarlos caer, uno a uno.

domingo, 22 de julio de 2012

Tempestad

Terminas de hablar.
Te aparto de mi camino. Me miras suplicante y te ignoro. Te aferras a mi hombro pero quito tus manos con firmeza. Te miro con odio y retrocedes. Tomo la capa de la silla y tiras de ella, pero soy más fuerte y tus manos se cansan. Me dices que no me vaya y te ignoro. Me dices que nunca más y no ves la única lágrima que cruza mi rostro. No te respondo y me pongo la capa. Me sigues y te enfrento. Retrocedes y vuelves a decir que nunca más. Te digo que te calles y sigues hablando entrecortadamente.
Abro la puerta y te escabulles a mi espalda. Afuera llueve y no se nota que lloras. No te miro con odio, sino con pena. Doy la vuelta y sigo caminando. Me sigues despacio, guiada por los relámpagos que nos iluminan cada tanto. Sé que vienes atrás porque escucho tus sollozos por sobre la lluvia.
Llego a la playa, las piedras azotadas por el agua. Trato de mirar el horizonte, pero no puedo con las gotas que se mezclan en mi cara.
Me alcanzas.
Tratas de hablarme otra vez, pero no te escucho. En parte porque no quiero y en parte porque la lluvia no me deja oírte. De repente la lluvia amaina y alcanzo a escuchar fragmentos de tu discurso. Comienzas a gritar. Lloras más fuerte. No te escucho, la ira aflora. Me abrazas. Te arrodillas. Te levanto. Vuelves a gritar. Yo te miro, de arriba a abajo. Y grito que te odio. Te quedas en blanco. Apartas la vista y miras hacia el mar.
Me acerco, furioso.

Vuelvo solo a casa.

Un rayo de sol atraviesa el casco gris del cielo.

Tranquilo al fin.


martes, 10 de julio de 2012

Escena Final

El teatro del monte estaba lleno a reventar. La multitud estaba sentada, atenuando sus murmullos a medida que las velas en el escenario se iban encendiendo.
El actor principal hizo su entrada en medio de un séquito de enmascarados. Su belleza perturbó a los espectadores, distrayéndolos de lo que decía. Hablaba con gran pasión, mas nadie lo tomaba en cuenta. Finalizada su parte, el coro entonó un cántico anunciando la aparición de Tánatos. Una densa neblina, obra de los hombres bajo el escenario hueco, invadió prontamente la escena.
Un personaje delgado, con una pálida máscara inexpresiva, surgió del suelo. Dirigiéndose al público, recitó unas palabras que resultaron incomprensibles y se acercó al actor. El coro inició un canto triste, pero firme.
De repente, la figura se detuvo en seco, miró a su alrededor y giró hacia el coro. El actor principal parecía contrariado, como notaron en el público, pero aún así siguió al enmascarado a través de escenario.
 La canción se hallaba en su clímax, con los coristas en éxtasis, cuando la figura tocó al cantante principal, que cayó desvanecido en medio de su grupo. La cara de horror del actor era evidente.
Cuando el coro finalizó, el público conmovido se levantó rugiendo y aplaudiendo. Nadie reparó en la ausencia de Tánatos ni mucho menos en el delgado hilo rojo que corría desde el coro hasta los pies de los espectadores.

sábado, 22 de octubre de 2011

Vuelve el encapuchado a la isla. Arrastra su barco hasta la arena, y apoyado en su bastón avanza hacia el interior. Con la bruma a sus espaldas, invadiéndolo todo.
Engendra la noche los pensamientos más perturbadores y los terrores más profundos. Pero el terror es bello. Sin terror no habría tristeza. Y sin tristeza no habría arte.

lunes, 19 de abril de 2010

Fortuna Imperatrix Mundi

La Suerte sobrevuela al Hombre como un péndulo, con un hacha en su extremo. Va y viene.
El Hombre decide cuando levantar el cuello, y ver qué pasa.

sábado, 30 de enero de 2010

Fin

El encapuchado terminó de ajustar los últimos tornillos de la máquina. Engrasó los engranajes y se sentó a esperar. La máquina se estremeció. Vibró. Bramó más bella que la Victoria de Samotracia y escupió fuego. Los múltiples mecanismos internos comenzaron a moverse febrilmente hasta convertir el bramido en un zumbido constante.

Con un bufido, la máquina desplegó sus alas. Agitó lo que habría sido su cabeza y emprendió el vuelo. El encapuchado dejó ver una sonrisa de satisfacción y cruzó los brazos.

La máquina arrasó los dos reinos al otro lado del río. Carbonizó a los reyes en sus tronos, dejándo un óseo recuerdo de su ataque salvaje, premeditado y concienzudo. Con lo que habrían sidos sus piernas de bronce derrumbó hasta el último bastión. El fuego redujo a escombros todo a su paso.

Ronroneando satisfecha, la máquina volvió donde el encapuchado, con las coronas de los vencidos en lo que habría sido el hocico. Cariñosamente, el hombre acarició a la máquina. Susurró palabras apenas entendibles a lo que habría sido el oído.

El hombre volvió a sentarse, para no levantarse más. La máquina giró sobre sí misma, y de un solo zarpazo decapitó al inventor. En medio de un ruido de cadenas rotas, el cuerpo del encapuchado giró unos segundos sobre el suelo hasta detenerse, con ambos brazos extendidos diagonalmente sobre el charco de sangre.

La máquina se enderezó, miró el cadáver de su padre y sollozando, lo convirtió en cenizas. Avanzó lentamente por los pasillos del castillo, derribando estanterías de milenarios conocimiento, rasgando enormes láminas llenas de ilustraciones. Tras de sí, el fuego purgaba su pecado.

El terror se expandió por el mundo. Y la máquina devoró a Eros.

sábado, 23 de enero de 2010

Maltitulado

-Y ahora, amigos- Dijo el músico de aquella taberna perdida en Egipto.- los deleitaré con la mejor malinterpretación de esta canción que hayan escuchado en sus tristes vidas.

-¡Vaya malintérprete!- Exclamaban desde las mesas los ebrios, abrazándose entre sí, sollozando con la triste letra y la deprimente melodía.

viernes, 8 de enero de 2010

viernes, 1 de enero de 2010

Salida teatral

-Y sin embargo, creo que todos y cada uno de ustedes están profundamente equivocados.

Acto seguido, el actor avanzó cuatro pasos y desapareció tras la ventana.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Dioses y Rocas

Salomón construyó un templo magnífico a Dios en Jerusalén. Roca sobre roca. Siglo tras siglo, Salomón tras Salomón.
Roma lo destruyó. Roca tras roca. Y se llevó a Dios con ella.
Alá apareció e instaló una cúpula donde estaba el templo de Dios en Jerusalén. La Roca sobre roca.
La Segunda Roma abandonó a la primera y construyó una cúpula a Dios en su seno. Y se llevó a medio Dios con ella. La Divina Sabiduría.
Alá persiguió a Dios allá también, e impuso su cúpula sobre la cúpula de Dios. Dios volvió entero a la primera Roma. Pero no es lo mismo desde entonces.

Escritorial

"Las palabras siempre fueron mi refugio."
Cuando me dijeron que el universo no era abarcable por la pluma, y mucho menos por la mía, comencé a pensar en la importancia que le he dado a las palabras; a las sabias y a las necias, y sobre todo a aquellas que juegan el inteligente juego de la necedad aparente.
Y sigo pensando.
Puede que sea cierto que el universo no quepa en una pluma, pero mis universos sí caben en mi pluma.
O eso creo yo.
Y si lo creo, es verdad.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Tierra Santa

Si no hubiera sido por la tos, el hombre no se habría despertado a mitad de la noche. En realidad, había perdido el sueño antes del ataque, pero la sensación rasposa en su garganta no lo dejaba conciliar el sueño perdido.
Hastiado, abandonó su cama y se dirigió al baño. Allí volvió a toser. Cuando volvió, encendió la luz y se acercó instintivamente a la ventana. Miró hacia afuera y la luna llena le devolvió la mirada.
Al apoyarse en el alféizar, notó una fina capa de polvo en su palma. Anotó mentalmente la amonestación que por la mañana dirigiría al ama de llaves.
Pero, antes de girar sobre sus talones, se llevó la mano a la boca. Dulce. El ceño fruncido se distendió en gesto de sorpresa. Luego caminó de vuelta a su cama, sintiendo en sus pies descalzos la falta de aseo del suelo. Casi sin inmutarse, el hombre se inclinó y tanteó el entablado. Dulce también.
Siguió caminando, apagó la luz y se tiró sobre la cama. Una fina capa de partículas en suspensión le rodeó mientras se acomodaba. En la oscuridad, el hombre sintió cada minúsculo punto de contacto entre lo temible y su piel. Sobresaltado, se incorporó. Pero ahogó el grito que subió por su garganta cuando sus pies se sumergieron en la arena dulce que ahora reposaba en el suelo. Intentó ponerse de pie, pero resbaló y cayó de bruces en medio de aquella marea geológica. Cuando pudo volver a salir de ahí, tuvo la molesta sensación de que el nivel de la tierra había aumentado durante su breve inmersión. Nadó hacia la puerta, pero no pudo abrirla, y la angustia le oprimió la garganta. O eso pensó él, ya que era más bien la arena que entraba en su boca.
Ya no veía su cama. A duras penas pudo acercarse a la ventana. Desde allí contempló el viejo árbol que crecía torcido cerca de su casa. Creyó distinguir a una muchacha trepada en medio del follaje.
"Es bella". Pensó.
"Tengo la boca llena de tierra". Farfulló, o intentó sacar esas palabras por entre los montones de arena que brotaban de su interior. La arena dulce. Ya no le asustaba.
"Tengo la boca llena de tierra". Repitió.
Y luego, la tierra estuvo llena de bocas.
Y el hombre volvió al polvo.

jueves, 20 de agosto de 2009

Atlas Encadenado

-Sabes bien que huir es de cobardes- Pronunció soberbiamente el encapuchado, parado a mi lado, y mirando igual que yo el precipicio que se abría a nuestros pies.
-Sabes bien- Remedé su tono - que no es huir, sino esconderse por un tiempo... prudente. Pude oir, pese a la lluvia, la breve risa que siguió a mi comentario.
-Con tu muerte no borrarás tus errores- Comentó el encapuchado, mirando distraidamente el horizonte, o eso creí, pues la capucha se hallaba girada en esa dirección. El tipo comenzaba a desagradarme cada vez más, con esas frases cliché que afluian a su boca como bombeadas por quién sabe qué intención malévola. Opté por mirarlo con mi mirada más famosa, mezcla de desprecio y curiosidad, en el momento en que parecía mirarme. No se dio por aludido y se acercó.
Su cercanía no me incomodaba, me había acostumbrado a ella a través de los años. Sin embargo esta vez fue distinto. Se plantó frente a mí y, desde las profundidades de su oscura capucha, me miró de arriba a abajo.
-Tus cadenas no se destrozarán con la caída, como sí lo hará tu cuerpo. No es la manera.
Sus palabras me traspasaron como si no fueran dirigidas hacia mí, sino a la Eternidad.
Y desde la Eternidad retornaron para hacerme reaccionar. Lo aparté y comencé a caminar hacia el borde del barranco. El encapuchado me siguió con la mirada, y luego me siguió. Cuando me paré sobre una piedra, tomó mi brazo. Era la primera vez que me tocaba, y su mano gélida no aminoró mi determinación.
-Sabes que no eres capaz, nunca lo has sido- Esta vez lo dijo en un tono conciliador, casi paternal.
Lo miré desde mi roca, pero él mantenía la cabeza gacha, tratando de comprender que esta vez yo no cedería.
-Siempre he querido lo mejor para tí, por eso te he aconsejado desde siempre. Has estado seguro y en paz- Su voz se quebraba, y casi me conmovía. Pero cuando me repetí lo que había oído, su "en paz" me hirió el cerebro. Jamás había estado en paz, mucho menos siguiéndole la corriente a ese encapuchado seudofilósofo. Su presencia había sido mi voluntad.
Al final lo dilucidé. Pareció leer mi decisión en mi cara, pues su mano se aferró a mí. Pero fue tarde.
Con cada jirón de tela que se enredaba en las afiladas piedras que lo recibieron en su caída, un eslabón se rompía. Y la lluvia impedía que llegaran hasta mí sus gritos.

domingo, 22 de febrero de 2009

Locura

Siempre temí volverme loco. A la más leve señal de ligera obsesión o un tic, mi cuerpo reaccionaba, atento, expectante.. como si aquella locura no fuera una amenaza, sino una liberación. Cuando volvía a la vieja cabaña que me servía de vivienda, tras una jornada de intenso trabajo en el sembradío, vigilaba que nadie me siguiera por el viejo camino de la loma. Atento, al más mínimo ruido de una hoja al caer me alteraba. Sabía que me volvería loco el día que efectivamente viera a alguien detrás...
Pero el día en que el viejo carnicero me provocó, y lo hice caer a puñetadas, y su sangre impregnó mis manos, supe que nunca sería un loco. Un loco nunca ataca sin motivos.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Patíbulo

Quien fuera declarado culpable avanzaba estoicamente por el patíbulo, y dirigía una mirada altiva a la chusma apostada a su alrededor, hambrienta de emociones.
Se levantó uno de los jueces, silenció el murmullo con un solo gesto y procedió a leer el acta de ejecución del reo, concentrando toda la atención. No se escuchaba otro sonido más que el de algunos cuervos que, premonitoriamente, revoloteaban a lo lejos.
El prisionero se acercó al verdugo, le sonrió y luego acomodó su cabeza en el sitio donde caería más tarde el hacha. La multitud permanecía expectante, los jueces hablaban entre sí, con el aire de quien repite una rutina aburrida.
Todo ocurrió demasiado rápido. Un movimiento imperceptible del pie del acusado. La caída del verdugo. La incorporación del reo. El hacha rasgando el aire e incrustándose en el pecho del juez a cargo. La multitud pasmada. Los guardias auxiliando al juez.
La caminata tranquila del reo entre la muchedumbre aterrorizada que retrocedía ante él.
Y él siempre sonriendo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Vitral

El anciano conde contemplaba la ejecución desde la comodidad de su palco. El condenado era un ladrón que había intentado asaltar al obispo, y el conde y sus hombres lo habían apresado y entregado al pueblo para su escarmiento. Observaba cómo la muchedumbre rugía, lanzaba imprecaciones y maldecía al acusado. El conde se asqueó. La gentuza era la misma que para la peste pasada, la misma que en procesión hacia la catedral se mortificaba con látigos y fierros ardientes, lanzando gimientes súplicas al cielo, en busca de la piedad divina.
La peste. Su único hijo había perecido en ese azote de Dios. Ya casi no lo recordaba. Su funeral fue conducido con maestría por el viejo obispo, quien lo intentó convencer sobre la abnegación cristiana frente a la muerte y el sometimiento a la voluntad de Nuestro Señor. Pero él no creía en las palabras del obispo.
Como tampoco creía en el ideal del caballero que primaba en su tiempo. Al saludar a lo lejos a un antiguo rival, el viejo conde se preguntó porqué el Hombre habría de disimular sus mas bajos instintos y vicios bajo las máscaras rígidas de la piedad y la cortesía.
Su hijo apareció nuevamente en su memoria, y el anciano bajó la mirada, atormentado por su agonía, en el preciso momento en que las piernas del suspendido criminal dejaban de moverse, exangües.
Un monje comenzó una oración, que fue respondida por el cántico de sus compañeros. Y la cansada memoria del conde se remontó ahora a su embajada en Bizancio. Recordaba perfectamente el esplendor cortesano de aquel Imperio que no era de este mundo. La religión envolvía todo, al igual que en su condado, pero el misticismo trascendía la forma y el pensamiento; y Dios mismo entraba en la vida de los bizantinos. El viejo palacio constantinopolitano, escoltados por las iglesias de la Sabiduría y la Paz, estaba destinado a regir el mundo. El conde recordaba principalmente la corona de la bella emperatriz, cuyos pendientes tintineaban acompasadamente con cada leve inclinación de su augusta cabeza.
El tintineo de las campanas de los monaguillos sacó al conde de sus desvaríos, y un pregonero anunció la muerte del criminal.
"Dios le perdone" murmuró el obispo, un viejo de aspecto áspero y vulgar. Los nobles se incorporaron y comenzaron a abandonar la plaza.
El conde se levantó, ayudado por un mozo, quien le alcanzó su raída capa. El viejo notó que la cruz seguía ahí, desgastada, sobre el hombro derecho de la tela. Ya acostumbrado a los devaneos de su memoria, se trasladó a Tierra Santa, donde vio caer a muchos compatriotas, envueltos en sangre y con la esperanza de ser admitidos en el cielo, mediante su martirio. Creían que esa muerte estúpida los excusaría de sus aberrantes pecados.
Caminaba ahora hacia la catedral, la casa de Dios erigida por Su pueblo. La masa imponente se ubicaba cerca de los muros de la ciudad, por sobre los cuales llegaba a sus oídos el lamento de los leprosos asentados en el campo inmediato. El conde se persignó y avanzó por entre el gentío. Un viejo noble con el que había disputado tiempo atrás le cedió su lugar, mientras que un antiguo compañero de armas ignoró su saludo. El alma del anciano se inflamó nuevamente.
"Tiempos estúpidos", bramó. Ya no se puede confíar en nadie, los hombres sólo le temen a la muerte, la única que da a cada uno lo que se merece. Como a su hijo. Y el conde se desmoronó en su asiento.
Una liturgia aburrida terminó por cansar a los viejos párpados del conde, y mientras maldecía su vida y su época, entre sueños creyó oir a su hijo. Luego terminó por verlo, sin abrir los ojos.
Y cuando la vida lo abandonaba, sobre el asiento de madera; Dios, que es luz, entraba por el alto vitral que se ubicaba a su derecha y estampaba la escena del Hijo Pródigo sobre su rostro sonriente.

domingo, 3 de agosto de 2008

El Cáliz de Oro

El barón avanzaba rápidamente a través de la galería que conducía a los aposentos reales.
Su mirada acerada taladraba la puerta que se alzaba ante él y que lo separaba de su regio ocupante. Hizo una pausa para mirar hacia el patio de honor, se aseguró que no hubiese nadie, y prosiguió tan raudo como antes.
Al abrir la puerta la torva mueca que se dibujaba en su cara se trocó en una sonrisa cínica.
Ante él, reposaba el rey postrado. Entreabrió sus ojos y reconoció al barón.
"¡Friedrich!" soltó el monarca. "Qué agradable sorpresa el que venga a visitar a su amigo." Visiblemente emocionado, el rey alargó sus flácidos brazos al visitante, quien a su vez tendió su bandeja.
El barón sonrió y comenzó una reverencia que fue interrumpida por un grito ahogado del rey.
Alzó la vista y contempló al anciano que se revolcaba en su lecho, enmudecido.
El rey le suplicó con los ojos, pero el barón le respondió con una mirada más glacial que el frío que lentamente envolvía su agonía.
Cuando el rey estaba ya rígido, el barón recogió la copa que el moribundo había soltado en sus últimos estertores, la guardó entre los pliegues de su túnica y salió de la estancia.
Debía apurarse, pues mañana habría una coronación.

viernes, 18 de julio de 2008

Perdón

La última campanada de la noche había sonado hacía mucho tiempo. Los hermanos se habían retirado a sus celdas y el monasterio reposaba en la quieta niebla que se posaba sobre Britania.
Angus, un monje escocés, caminaba vacilante por el pasillo principal, saliendo desde el comedor común. La luna luchaba por abrirse paso entre la tenue neblina y los vitrales que limitaban el corredor. Un haz dio en la cara del monje, iluminando por un momento un rostro macilento y cansado. Cada pocos pasos prorrumpía un débil quejido que provocaba que algunos hermanos se revolvieran en sus catres, inquietados sus no muy piadosos sueños.
Angus se movía con lentitud ahora por la galería de las celdas, arrastrando con esfuerzo las piernas, sentía desfallecer con cada paso, pero sabía que su objetivo estaba más allá de su celda, en la capilla menor. Pasó por delante de su celda, donde aún ardía una vela, y siguió su rumbo.
El hermano Francis se despertó con el sonido de los pasos seniles de Angus.
-Otra vez el hermano Angus en sus peregrinaciones nocturnas- dijo al aire. Tomó su crucifijo, rezó una oración ininteligible y volvió a dormirse como si nada hubiese sucedido.
Angus lo oyó, y una lenta lágrima afloró a sus ojos cansados. Contempló al hermano Francis, su mejor pupilo, durante un momento que pareció proyectarse a la eternidad y siguió.
Pensó en la naturaleza humana y débil de sus hermanos y en la propia. Lejano le parecía aquel pecado ominoso que cometió. Su mente era cubierta por una bruma más espesa que la que flotaba ingrávida, pero aplastante, sobre el prado circundante a la abadía.
Y lloró. Como nunca. Como siempre. Un llanto desgarrador surgió de sus entrañas pecaminosas y se encumbró por su garganta, como si ese fluir pudiera limpiarlo de culpas, y a la vez elevarlo hacia el cielo que ansiaba para su alma.
Y cayó de rodillas frente a la capilla. Las manos envejecidas suplicaban piedad al crucifijo, desde donde Nuestro Señor lo contemplaba con su mirada perdida en el vacío. Sus dedos descarnados se acercaban ya a la sagrada imagen cuando, producto de su llanto, los hermanos comenzaban a abrir las puertas de sus celdas, horrorizados.
Y como siempre, como todas las noches, frente a los ojos de aquellos impíos que pasaban por justos, Angus se desvanecía en la noche clamando perdón.

sábado, 31 de mayo de 2008

El Lago Escarlata

La barca se bamboleaba suavemente, meciendo al hombre en su sueño. En sus sueños, imágenes de la infancia se alternaban incoherentemente con su presente. Su madre cocinando, el olor del caldo impregnando la pequeña cocina de la cabaña junto al bosque. Él contemplando el día soleado a través de la ventana. El sonido del hacha de su padre rasgando el aire hasta incrustarse en un tronco rebelde. El temor a su regreso a la casa. La botella de vino sobre una mesa destartalada, anunciando la catástrofe de cada día. La puerta abriéndose. La catástrofe. Su madre llorando. Una bruma en su mente. Llamas. Gritos.
Un grito. Una risa. Una carcajada demente.
Despertó al tercer eco de la risa que cortaba la niebla de la noche.
"Debe ser el viejo Jack" pensó. "Para estar así de ebrio debe tener todo su dinero encima" razonó, aún en la modorra.
"Tal vez encontró a su monstruo del lago" se dijo a sí mismo, encaminando el bote hacia la risa.

miércoles, 19 de marzo de 2008

La Torre

El silencio de la noche lo invadía por dentro. El ruido de los grillos y el ulular de las aves nocturnas se iban apagando y la niebla comenzaba a cubrir la hierba a sus pies. A medida que los sonidos se iban extinguiendo, el hombre empezaba a notar el gélido avance de la noche. Las lágrimas le impedían ver algo más que la silueta de la torre que se erguía en medio del descampado, sin embargo, mantenía el rumbo desde que había abandonado el cobijo de los árboles circundantes.
Para cuando alcanzó la base de la construcción, los recuerdos habían vuelto otra vez, como siempre. Como cada noche desde hacía años. La visión lo perseguía como un sueño insistente. Una mujer, un sentimiento, un beso rechazado, una burla. Sólo fragmentos quedaban del suceso original, pero bastaban estos trozos para desmoralizarlo cada vez.
El hombre tenía una ligera noción de una vida anteriormente feliz, hasta el fatídico día en que sus ojos se econtraron con los de ella. A partir de ese momento, su existencia no fue más que la prolongación de su deseo de adentrarse en las profundidades acuosas de la mirada de aquella mujer. Los recuerdos le mostraban irónicamente cada uno de sus fracasos en la tentativa de llamar la atención de tan esquivo ideal, aumentándolos y hasta deformándolos.
A medida que ascendía, que sus pasos dejaban atrás peldaño tras peldaño, pequeños centelleos de instantes felices lo asaltaban. Una sonrisa, una caricia disimulada, un saludo a la distancia. Meros consuelos a la hora de sacar conclusiones.
Pero el rechazo fue lo máximo que su enfermo corazón pudo soportar. Tal vez hubiese tolerado una reacción de indiferencia, pero la sonrisa y la posterior carcajada de la mujer al abrirle su corazón dejaron entrar en su mente la niebla del olvido.
Cuando alcanzó la cima y se asomó a la brisa nocturna, la niebla comenzó a entrar en sus ojos. La mujer volvió a aparecérsele, como en el primer día, cuando aún creía que podría haber otro final. Sonrió tratando de alcanzarla y luego todo fue oscuridad.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Esmeraldas del mar

El pescador se encontraba comiendo al abrigo de su fogata, bajo la luz de luna que bañaba la costa escocesa, cuando lo vio.
La blanca silueta se recortaba contra el oscuro firmamento y avanzaba por el acantilado.
Incrédulo, el hombre se frotó los ojos y se levantó.
La figura detuvo su marcha, y cerca del borde, se sentó en la hierba.
El pescador avanzó hacia donde se encontraba aquella visión, y con admiración notó que era una joven. Sus rubios cabellos caíanle sobre la cara, ocultándola a los ojos escrutadores del hombre. El vestido blanco que llevaba ondeaba levemente mecido por la brisa nocturna. La escena se congeló para el hombre; cuando la mujer levantó la vista hacia él.
Ahora estaba siendo observado con curiosidad por los ojos verdes más bellos que pudiera recordar. Sentía que éstos penetraban en su alma y lo leían como un libro abierto. El hombre tenía la convicción que la joven lo conocía, sin embargo era una desconocida.
La doncella se levantó y una lágrima se deslizó por su blanca mejilla. El hombre sintió un nudo en el corazón y alzó una mano en su dirección.
La joven retrocedió, enjugándose los ojos, y tropezó...
El pescador estalló en un grito y se derrumbó sobre la hierba.
Al despertar, con el brillo del sol matutino, halló a su lado un prendedor, con su nombre grabado en él.

domingo, 14 de octubre de 2007

El Lago

Esta noche sí - Pensó el viejo, mientras se internaba con su bote en la bruma del lago.
Aquella velada, en la taberna, había creído divisar una agitación extraña de las aguas. Cuando se lo comunicó a sus amigos, se habían reído en su cara; en una mezcla de ebriedad y escepticismo.
Sintiéndose herido en su honor, el anciano se había largado de ahí en silencio y con la actitud altanera del experto ignorado.
Envalentonado por el vino, el viejo arrastró su bote hasta que ágilmente se subió. Dirigió una mirada cargada de rencor hacia el pueblucho adormilado que dejaba tras de sí, y se volvió desafiante hacia la niebla.
Poco a poco, la bruma lo envolvía. El viejo se tranquilizó, pues quedaba oculto en caso de fallar en su búsqueda.
La luna luchaba por abrirse camino en la espesa niebla, y en cada rayo que se filtraba, el viejo miraba esperanzado, ansiando el encuentro con su "monstruo". El hombre se veía ya colmado de honores en el pueblo, como un prohombre que traería la fama al destartalado grupo de casas que a duras penas colonizaban las Tierras Altas.
Con cada movimiento de sus remos, el viejo comenzaba a impacientarse. Cuando se cansó, arrojó los remos por la borda y comenzó a tararear una canción de su juventud.
El alcohol aún nublaba su mente cuando creyó oir un ruido acuático en medio del enorme silencio de las aguas quietas.
Un escalofrío recorrió su espalda. Algo se movía hacia el bote. El viejo miraba en ambos sentidos, tratando de penetrar en la niebla con sus débiles ojos.
Con horror contempló una masa oscura que se asomó a la superficie justo enfrente de su posición.
La masa se acercaba lentamente, como investigándolo. El hombre se sintió invadido por un terror que jamás había experimentado.
Sea lo que fuera, el bulto avanzó hasta sumergirse antes de llegar al bote, y cuando volvió a flote, una rama golpeó en la mejilla al anciano. Un tronco viejo y podrido.
El pueblo entero despertó a medianoche con la risa de ultratumba que parecía atravesar la niebla, proveniente de un loco en medio del lago.

sábado, 13 de octubre de 2007

Escarlata

El ruido de ramas crujiendo despertó al hombre, que de inmediato se incorporó en su lecho para oír mejor. La cortina de la habitación dejaba pasar un brillante rayo de luna. El hombre la corrió y oteó el exterior. Un arbusto acababa de quedarse quieto. Comenzó a sudar frío.
Abrió la puerta con mano temblorosa y se asomó. La tórrida noche y el silencio absoluto lo desconcertaron por un instante. Avanzó lentamente hacia el arbusto.
En su mente comenzaron a aparecer borrosas imágenes del día que había terminado. Los gritos de su hijo, las súplicas de su mujer, su propio puño en el rostro amado. El dolor en su mano le recordaba lo atroz de su acto.
Después de la golpiza, la mujer se había marchado con su hijo. Aún recordaba la mirada de odio que el joven le dirigió desde la carreta.
Un crujido lo sacó de su sopor. Se armó de valor y recorrió casi toda la propiedad. Agotado, volvió a la cabaña. La vela que había encendido al salir, agotaba su cera.
Comenzaba a desvestirse cuando un ruido lo sobresaltó. Giró sobre sí mismo al tiempo que algo se estrellaba en su frente. Al caer, un golpe seco lo hizo sumirse en un sueño en el que un niño que creía conocer, jugaba junto a unos arbustos.
Cuando su visión se desvanecía, la casa comenzaba a arder.