Probablemente era inexacto, de hecho estoy seguro que así era. Sin embargo, ese mundo era suyo. Un mundo derruido, iluminado por las antorchas de aquella estancia de piedra.
El anciano no oyó cuando me acerqué. Me ubiqué a su lado izquierdo y le dije:
-La capital ha caído, Su Excelencia. Todo está reducido a escombros humeantes. Los cadáveres pueblan, a su manera, los caminos y los barcos hundidos tapan la salida del río Argyros al mar. El joven emperador yace en alguno de los torreones de los muros que los bárbaros lograron salvar. Nadie vio venir la gigantesca horda a caballo tras los primeros abatidos por las flechas imperiales. El ejército de Elio está cruzando el estrecho de Florina, pero los bárbaros se le adelantaron.
Me miró, sin verme.
-¡Cleonice!. Cornelio, ¿dónde está mi hija?
-No lo sé, señor. Sólo un centenar de habitantes ha sobrevivido. Puede que haya escapado por el alcantarillado, como en el asalto de Titanópolis, como puede que no lo haya logrado. Lo siento muchísimo.
-Cornelio, un hombre no debería sobrevivir a sus hijos.
El joven Crísipo entró en la estancia, trayendo un vaso de vino con adormidera para el anciano, como si hubiera leído mis pensamientos. El viejo lo bebió despacio, sosteniéndolo temblorosamente.
Miré al anciano. Se levantó y caminó hacia el mapa. Sabía lo que estaba pensando.
Recordaba la primera caída de la capital. Con su dedo índice trazó la ruta que siguió Filipo el Traicionero desde Milos hasta Decia, la capital del imperio más floreciente de Heprión. Su dedo se posó en Taurina, donde Paulo y Antonino se unieron al ejército que destruiría la capital. Noté el temblor de su mano cuando recordó el éxodo. Sabiéndose superado, el emperador prefirió abandonar la ciudad que a sus habitantes. Días antes de la llegada de los invasores, el último de los barcos cargados con ciudadanos salió del puerto imperial.
Me miró por sobre el hombro. Vi sus ojos vidriosos. Los volvió a posar en el trozo de cuero. Señaló la ciudadela de Alexia, donde ambos nacimos y donde nos encontrábamos en este momento. Luego caminó un par de pasos, hacia el océano y tocó la isla de Cemos, donde el rey heleno Lisímaco recibió a los refugiados. Lisímaco era tío del emperador y acogió en un gran campamento a los humildes decios haciendo gala de una gran generosidad que siempre se le reconoció. Yo sabía que esta parte de la historia enorgullecía al soberano, ya que fue el comienzo de la reconquista. Y en esa parte, el anciano dejó de temblar.
Se dirigió a la mesa donde dejara la copa y lanzó lo que quedaba sobre el mapa. La mancha roja cubría Hibris, la isla originaria de los bárbaros. Enderezándose, me sobrepasó en altura y me miró de arriba a abajo. Y entendí el significado de su mirada.
El anciano volvía a ser emperador. El ejército sería reagrupado. La capital sería reconstruida y los bárbaros, borrados del mapa.
De todos los mapas.