La espesa nube de humo era, hace un par de días, visible desde varios pueblos a la redonda. Hoy, el fuego sólo se reaviva de vez en cuando en las mazmorras del antiguo castillo que corona el monte.
Maderas astilladas y oscurecidas por la sangre y el hollín marcan un sendero desde el portón hasta el patio de Armas. Allí, rodeado por los cuerpos de sus mejores hombres, Herr Eisen contempla las ruinas. Aprieta su pierna herida y suelta una maldición por lo bajo, a pesar de que no hay nadie que lo oiga. Maldice y recuerda.
La noche anterior, un enviado de su enemigo, haciéndose pasar por un criado, abrió el portón, dejando libre el paso a la venganza de su señor. Un grupo de soldados diezmó a la guardia de Eisen y lo obligó a retirarse al patio central junto a los sobrevivientes.
Sigue parado en medio del patio. Una brasa reavivada lo hace mirar en la dirección donde yace su capitán.
Un anciano cegado por su enemigo, y el único criado sobreviviente, le trae lo que le ordenó. Eisen lo ayuda en silencio.
Abatido a golpes, lo último que recuerda es ver a su hija siendo subida al caballo de su rival. Luego todo fue oscuridad y fuego.
Eisen sigue de pie. Han pasado días, su criado lo alimenta a duras penas, luego de recoger las armaduras de los caídos. Los ojos le llamean con furiosa calma. El crepitar del fuego y el sonido seco del martillo, lo acunan en su sueño vigilante.
Al sexto día, el anciano vuelve del pueblo con el paradero del captor de su hija y llama a su señor.
Eisen lleva en su mano desnuda la espada al rojo que forjó en la fragua improvisada en el patio, con los fuegos inextinguibles de su castillo. Ya no cojea. Piensa en que, una vez que suelte la espada, la palabra rache, cicatrizada, pasará del mango a su mano.
El anciano, traidor traicionado, es redimido por sus servicios y cae de rodillas, agradecido al sentir alejarse el peligro de la hoja.
Sabe que es el único, en varios pueblos a la redonda, que no verá a Rache sin sentirla luego en las entrañas.
Maderas astilladas y oscurecidas por la sangre y el hollín marcan un sendero desde el portón hasta el patio de Armas. Allí, rodeado por los cuerpos de sus mejores hombres, Herr Eisen contempla las ruinas. Aprieta su pierna herida y suelta una maldición por lo bajo, a pesar de que no hay nadie que lo oiga. Maldice y recuerda.
La noche anterior, un enviado de su enemigo, haciéndose pasar por un criado, abrió el portón, dejando libre el paso a la venganza de su señor. Un grupo de soldados diezmó a la guardia de Eisen y lo obligó a retirarse al patio central junto a los sobrevivientes.
Sigue parado en medio del patio. Una brasa reavivada lo hace mirar en la dirección donde yace su capitán.
Un anciano cegado por su enemigo, y el único criado sobreviviente, le trae lo que le ordenó. Eisen lo ayuda en silencio.
Abatido a golpes, lo último que recuerda es ver a su hija siendo subida al caballo de su rival. Luego todo fue oscuridad y fuego.
Eisen sigue de pie. Han pasado días, su criado lo alimenta a duras penas, luego de recoger las armaduras de los caídos. Los ojos le llamean con furiosa calma. El crepitar del fuego y el sonido seco del martillo, lo acunan en su sueño vigilante.
Al sexto día, el anciano vuelve del pueblo con el paradero del captor de su hija y llama a su señor.
Eisen lleva en su mano desnuda la espada al rojo que forjó en la fragua improvisada en el patio, con los fuegos inextinguibles de su castillo. Ya no cojea. Piensa en que, una vez que suelte la espada, la palabra rache, cicatrizada, pasará del mango a su mano.
El anciano, traidor traicionado, es redimido por sus servicios y cae de rodillas, agradecido al sentir alejarse el peligro de la hoja.
Sabe que es el único, en varios pueblos a la redonda, que no verá a Rache sin sentirla luego en las entrañas.
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