viernes, 18 de julio de 2008

Perdón

La última campanada de la noche había sonado hacía mucho tiempo. Los hermanos se habían retirado a sus celdas y el monasterio reposaba en la quieta niebla que se posaba sobre Britania.
Angus, un monje escocés, caminaba vacilante por el pasillo principal, saliendo desde el comedor común. La luna luchaba por abrirse paso entre la tenue neblina y los vitrales que limitaban el corredor. Un haz dio en la cara del monje, iluminando por un momento un rostro macilento y cansado. Cada pocos pasos prorrumpía un débil quejido que provocaba que algunos hermanos se revolvieran en sus catres, inquietados sus no muy piadosos sueños.
Angus se movía con lentitud ahora por la galería de las celdas, arrastrando con esfuerzo las piernas, sentía desfallecer con cada paso, pero sabía que su objetivo estaba más allá de su celda, en la capilla menor. Pasó por delante de su celda, donde aún ardía una vela, y siguió su rumbo.
El hermano Francis se despertó con el sonido de los pasos seniles de Angus.
-Otra vez el hermano Angus en sus peregrinaciones nocturnas- dijo al aire. Tomó su crucifijo, rezó una oración ininteligible y volvió a dormirse como si nada hubiese sucedido.
Angus lo oyó, y una lenta lágrima afloró a sus ojos cansados. Contempló al hermano Francis, su mejor pupilo, durante un momento que pareció proyectarse a la eternidad y siguió.
Pensó en la naturaleza humana y débil de sus hermanos y en la propia. Lejano le parecía aquel pecado ominoso que cometió. Su mente era cubierta por una bruma más espesa que la que flotaba ingrávida, pero aplastante, sobre el prado circundante a la abadía.
Y lloró. Como nunca. Como siempre. Un llanto desgarrador surgió de sus entrañas pecaminosas y se encumbró por su garganta, como si ese fluir pudiera limpiarlo de culpas, y a la vez elevarlo hacia el cielo que ansiaba para su alma.
Y cayó de rodillas frente a la capilla. Las manos envejecidas suplicaban piedad al crucifijo, desde donde Nuestro Señor lo contemplaba con su mirada perdida en el vacío. Sus dedos descarnados se acercaban ya a la sagrada imagen cuando, producto de su llanto, los hermanos comenzaban a abrir las puertas de sus celdas, horrorizados.
Y como siempre, como todas las noches, frente a los ojos de aquellos impíos que pasaban por justos, Angus se desvanecía en la noche clamando perdón.

1 comentario:

Anónimo dijo...

mishhh...
eres muy bakan matias..

a propo, el final, se parece a algo k escribi... la despedida se llama, esta en el blog por si lo kiers leer.

Saludits