El ruido de ramas crujiendo despertó al hombre, que de inmediato se incorporó en su lecho para oír mejor. La cortina de la habitación dejaba pasar un brillante rayo de luna. El hombre la corrió y oteó el exterior. Un arbusto acababa de quedarse quieto. Comenzó a sudar frío.
Abrió la puerta con mano temblorosa y se asomó. La tórrida noche y el silencio absoluto lo desconcertaron por un instante. Avanzó lentamente hacia el arbusto.
En su mente comenzaron a aparecer borrosas imágenes del día que había terminado. Los gritos de su hijo, las súplicas de su mujer, su propio puño en el rostro amado. El dolor en su mano le recordaba lo atroz de su acto.
Después de la golpiza, la mujer se había marchado con su hijo. Aún recordaba la mirada de odio que el joven le dirigió desde la carreta.
Un crujido lo sacó de su sopor. Se armó de valor y recorrió casi toda la propiedad. Agotado, volvió a la cabaña. La vela que había encendido al salir, agotaba su cera.
Comenzaba a desvestirse cuando un ruido lo sobresaltó. Giró sobre sí mismo al tiempo que algo se estrellaba en su frente. Al caer, un golpe seco lo hizo sumirse en un sueño en el que un niño que creía conocer, jugaba junto a unos arbustos.
Cuando su visión se desvanecía, la casa comenzaba a arder.
1 comentario:
Impresionante, tu forma de escribir...
me golpeaste a mi tb
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