-Sabes bien que huir es de cobardes- Pronunció soberbiamente el encapuchado, parado a mi lado, y mirando igual que yo el precipicio que se abría a nuestros pies.
-Sabes bien- Remedé su tono - que no es huir, sino esconderse por un tiempo... prudente. Pude oir, pese a la lluvia, la breve risa que siguió a mi comentario.
-Con tu muerte no borrarás tus errores- Comentó el encapuchado, mirando distraidamente el horizonte, o eso creí, pues la capucha se hallaba girada en esa dirección. El tipo comenzaba a desagradarme cada vez más, con esas frases cliché que afluian a su boca como bombeadas por quién sabe qué intención malévola. Opté por mirarlo con mi mirada más famosa, mezcla de desprecio y curiosidad, en el momento en que parecía mirarme. No se dio por aludido y se acercó.
Su cercanía no me incomodaba, me había acostumbrado a ella a través de los años. Sin embargo esta vez fue distinto. Se plantó frente a mí y, desde las profundidades de su oscura capucha, me miró de arriba a abajo.
-Tus cadenas no se destrozarán con la caída, como sí lo hará tu cuerpo. No es la manera.
Sus palabras me traspasaron como si no fueran dirigidas hacia mí, sino a la Eternidad.
Y desde la Eternidad retornaron para hacerme reaccionar. Lo aparté y comencé a caminar hacia el borde del barranco. El encapuchado me siguió con la mirada, y luego me siguió. Cuando me paré sobre una piedra, tomó mi brazo. Era la primera vez que me tocaba, y su mano gélida no aminoró mi determinación.
-Sabes que no eres capaz, nunca lo has sido- Esta vez lo dijo en un tono conciliador, casi paternal.
Lo miré desde mi roca, pero él mantenía la cabeza gacha, tratando de comprender que esta vez yo no cedería.
-Siempre he querido lo mejor para tí, por eso te he aconsejado desde siempre. Has estado seguro y en paz- Su voz se quebraba, y casi me conmovía. Pero cuando me repetí lo que había oído, su "en paz" me hirió el cerebro. Jamás había estado en paz, mucho menos siguiéndole la corriente a ese encapuchado seudofilósofo. Su presencia había sido mi voluntad.
Al final lo dilucidé. Pareció leer mi decisión en mi cara, pues su mano se aferró a mí. Pero fue tarde.
Con cada jirón de tela que se enredaba en las afiladas piedras que lo recibieron en su caída, un eslabón se rompía. Y la lluvia impedía que llegaran hasta mí sus gritos.
3 comentarios:
Magnífico! como se nota que los escritos geniales se extraen con manos graciles desde las mentes atormentadas!
No es un simple escrito, como decirlo, a veces parezco un poco a House...
asi que lo dire por msn otro dia...
Tu fans club espera más escritos :P
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