El encapuchado terminó de ajustar los últimos tornillos de la máquina. Engrasó los engranajes y se sentó a esperar. La máquina se estremeció. Vibró. Bramó más bella que la Victoria de Samotracia y escupió fuego. Los múltiples mecanismos internos comenzaron a moverse febrilmente hasta convertir el bramido en un zumbido constante.
Con un bufido, la máquina desplegó sus alas. Agitó lo que habría sido su cabeza y emprendió el vuelo. El encapuchado dejó ver una sonrisa de satisfacción y cruzó los brazos.
La máquina arrasó los dos reinos al otro lado del río. Carbonizó a los reyes en sus tronos, dejándo un óseo recuerdo de su ataque salvaje, premeditado y concienzudo. Con lo que habrían sidos sus piernas de bronce derrumbó hasta el último bastión. El fuego redujo a escombros todo a su paso.
Ronroneando satisfecha, la máquina volvió donde el encapuchado, con las coronas de los vencidos en lo que habría sido el hocico. Cariñosamente, el hombre acarició a la máquina. Susurró palabras apenas entendibles a lo que habría sido el oído.
El hombre volvió a sentarse, para no levantarse más. La máquina giró sobre sí misma, y de un solo zarpazo decapitó al inventor. En medio de un ruido de cadenas rotas, el cuerpo del encapuchado giró unos segundos sobre el suelo hasta detenerse, con ambos brazos extendidos diagonalmente sobre el charco de sangre.
La máquina se enderezó, miró el cadáver de su padre y sollozando, lo convirtió en cenizas. Avanzó lentamente por los pasillos del castillo, derribando estanterías de milenarios conocimiento, rasgando enormes láminas llenas de ilustraciones. Tras de sí, el fuego purgaba su pecado.
El terror se expandió por el mundo. Y la máquina devoró a Eros.
4 comentarios:
Sorpresas nos dan la vida, la vida nos da sorpresas...
la ciencia contra el impulso de cida? bastante profético, oh Matt
En realidad, es una metáfora de nuestra naturaleza... yo soy la máquina y el humano.
Querido, una enorme y horrible verdad. Debo deciros que concuerdo con vuestras impresiones.
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