El anciano conde contemplaba la ejecución desde la comodidad de su palco. El condenado era un ladrón que había intentado asaltar al obispo, y el conde y sus hombres lo habían apresado y entregado al pueblo para su escarmiento.
Observaba cómo la muchedumbre rugía, lanzaba imprecaciones y maldecía al acusado. El conde se asqueó. La gentuza era la misma que para la peste pasada, la misma que en procesión hacia la catedral se mortificaba con látigos y fierros ardientes, lanzando gimientes súplicas al cielo, en busca de la piedad divina.
La peste. Su único hijo había perecido en ese azote de Dios. Ya casi no lo recordaba. Su funeral fue conducido con maestría por el viejo obispo, quien lo intentó convencer sobre la abnegación cristiana frente a la muerte y el sometimiento a la voluntad de Nuestro Señor. Pero él no creía en las palabras del obispo.
Como tampoco creía en el ideal del caballero que primaba en su tiempo. Al saludar a lo lejos a un antiguo rival, el viejo conde se preguntó porqué el Hombre habría de disimular sus mas bajos instintos y vicios bajo las máscaras rígidas de la piedad y la cortesía.
Su hijo apareció nuevamente en su memoria, y el anciano bajó la mirada, atormentado por su agonía, en el preciso momento en que las piernas del suspendido criminal dejaban de moverse, exangües.
Un monje comenzó una oración, que fue respondida por el cántico de sus compañeros. Y la cansada memoria del conde se remontó ahora a su embajada en Bizancio. Recordaba perfectamente el esplendor cortesano de aquel Imperio que no era de este mundo. La religión envolvía todo, al igual que en su condado, pero el misticismo trascendía la forma y el pensamiento; y Dios mismo entraba en la vida de los bizantinos. El viejo palacio constantinopolitano, escoltados por las iglesias de la Sabiduría y la Paz, estaba destinado a regir el mundo. El conde recordaba principalmente la corona de la bella emperatriz, cuyos pendientes tintineaban acompasadamente con cada leve inclinación de su augusta cabeza.
El tintineo de las campanas de los monaguillos sacó al conde de sus desvaríos, y un pregonero anunció la muerte del criminal.
"Dios le perdone" murmuró el obispo, un viejo de aspecto áspero y vulgar. Los nobles se incorporaron y comenzaron a abandonar la plaza.
El conde se levantó, ayudado por un mozo, quien le alcanzó su raída capa. El viejo notó que la cruz seguía ahí, desgastada, sobre el hombro derecho de la tela. Ya acostumbrado a los devaneos de su memoria, se trasladó a Tierra Santa, donde vio caer a muchos compatriotas, envueltos en sangre y con la esperanza de ser admitidos en el cielo, mediante su martirio. Creían que esa muerte estúpida los excusaría de sus aberrantes pecados.
Caminaba ahora hacia la catedral, la casa de Dios erigida por Su pueblo. La masa imponente se ubicaba cerca de los muros de la ciudad, por sobre los cuales llegaba a sus oídos el lamento de los leprosos asentados en el campo inmediato. El conde se persignó y avanzó por entre el gentío. Un viejo noble con el que había disputado tiempo atrás le cedió su lugar, mientras que un antiguo compañero de armas ignoró su saludo. El alma del anciano se inflamó nuevamente.
"Tiempos estúpidos", bramó. Ya no se puede confíar en nadie, los hombres sólo le temen a la muerte, la única que da a cada uno lo que se merece. Como a su hijo. Y el conde se desmoronó en su asiento.
Una liturgia aburrida terminó por cansar a los viejos párpados del conde, y mientras maldecía su vida y su época, entre sueños creyó oir a su hijo. Luego terminó por verlo, sin abrir los ojos.
Y cuando la vida lo abandonaba, sobre el asiento de madera; Dios, que es luz, entraba por el alto vitral que se ubicaba a su derecha y estampaba la escena del Hijo Pródigo sobre su rostro sonriente.
2 comentarios:
Eres increible tu.
Cada post me sorprendes más.
La duda de Dios...
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