El barón avanzaba rápidamente a través de la galería que conducía a los aposentos reales.
Su mirada acerada taladraba la puerta que se alzaba ante él y que lo separaba de su regio ocupante. Hizo una pausa para mirar hacia el patio de honor, se aseguró que no hubiese nadie, y prosiguió tan raudo como antes.
Al abrir la puerta la torva mueca que se dibujaba en su cara se trocó en una sonrisa cínica.
Ante él, reposaba el rey postrado. Entreabrió sus ojos y reconoció al barón.
"¡Friedrich!" soltó el monarca. "Qué agradable sorpresa el que venga a visitar a su amigo." Visiblemente emocionado, el rey alargó sus flácidos brazos al visitante, quien a su vez tendió su bandeja.
El barón sonrió y comenzó una reverencia que fue interrumpida por un grito ahogado del rey.
Alzó la vista y contempló al anciano que se revolcaba en su lecho, enmudecido.
El rey le suplicó con los ojos, pero el barón le respondió con una mirada más glacial que el frío que lentamente envolvía su agonía.
Cuando el rey estaba ya rígido, el barón recogió la copa que el moribundo había soltado en sus últimos estertores, la guardó entre los pliegues de su túnica y salió de la estancia.
Debía apurarse, pues mañana habría una coronación.
1 comentario:
uuuuuuuuuuuuuyyyyyyyy
k mieeeeedoooooooo
oiga... shuta a la horita k me entere k tenia nuevo escrito... en fin, valió la pena la espera.
Saluditos
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