lunes, 29 de octubre de 2012

Advertencia

La persecución por el bosque llevaba varias horas, y no parecía que fuera a detenerse con el ocaso.
Ambos jinetes, muy cerca uno del otro, golpeaban los ijares de sus monturas conforme el ciervo albo se iba alejando cada vez más rápido. Las ramas bajas de los antiguos árboles golpeaban las mejillas de los hombres, llenándolas de pequeñas líneas rojas.
A lo lejos, el incansable ciervo se perdía entremedio del follaje y la oscuridad que iba cayendo sobre ellos, girando de vez en cuando la cabeza hacia sus perseguidores, con desafiante inocencia.
En la carrera, pasaron por fuera de una pequeña cabaña. Un hombre ya mayor, parado en la mitad del camino, corrió al verlos acercarse e intentó llegar hasta ellos gritando algo sobre la niebla. El jinete más cercano le ordenó callarse y siguió su carrera. El segundo pasó por encima del anciano, entre sus alaridos de dolor. El primero miró hacia atrás pero no vio señales del hombre.
El terreno ascendía suavemente mientras la noche hacía el camino contrario. Sólo la luna le indicaba a los perseguidores el paradero de su presa y esto no hacía mas que enfurecerlos.
Luego la niebla lo envolvió todo. Los caballos frenaron en seco, y ambos jinetes fueron a dar al suelo, malheridos.
Frente a ellos, el ciervo blanco los miraba. Los hombres intentaron ponerse de pie, pero la niebla no los dejó. Quisieron hablar pero la niebla aprisionó sus cuellos. Donde estuviera el ciervo, una joven de piel y cabellos completamente blancos los miraba curiosa mientras entraba en la niebla. El terror de los hombres dio paso a la lujuria. Trataron de estirar sus manos hacia la desnuda figura, luchando contra la parálisis, pero fue en vano.
La niebla fue piadosa, y los dejó exhalar un último grito de horror antes de dejarlos caer, uno a uno.