Casi no los vio en su ascenso. Cinco imponentes torreones se erguían al final del valle, recortados sobre el cielo nocturno.
El monje se bajó de su montura y caminó hacia el centro de la fortaleza guiado por un trance que había durado toda su vida. Bañado por la luz de la luna, recobró el juicio y gritó. Como si hubiera notado su presencia, el suelo tembló. Aterrado, el monje gritó una última vez mientras los dedos de roca se cernían sobre él, como el implacable puño divino que ahoga la rebeldía.
1 comentario:
wow. intenso...
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